PADRE FELICIANO, DANTE ALIGHIERI Y GINO BARTALI

Historias y Personajes (*) |

Sé que parece un poco extraño esta asociación de nombres que adopto como título de una anécdota que viví, pero a mí me resulta significativa.

El 26 de marzo de 1962 se inauguró el Instituto “José Manuel Estrada”. No había escuela secundaria en El Bolsón y de la comunidad surgió una comisión de vecinos que, en esa fecha concretó su objetivo. Muchos recordarán nombres e inclusive esos momentos. Creo que algunos se animarán a sumar datos para esta historia que podremos compartir como “actores” de esos momentos sublimes.

El franciscano Fray Feliciano (Lino) Felice era el párroco y quien asumió el rectorado. Con él conversaba diariamente sobre la diversidad de temas vinculados al Instituto; no lo hacía solamente en función de mi lugar como secretario de la secundaria, sino porque tenía una particular sintonía con él. Me contaba historias de vida, tomábamos juntos una “cafecita” –como él decía- y escuchándolo (y contándole) aprendí muchas cosas. Tenía una moto DKV y solía visitarnos a María Antonia y a mí en la casita que alquilábamos en la quinta de Juan Carlos Moreno*.

Una tarde, en la cocina de la Parroquia –tomándonos la cafecita- me contó que la última vez que había venido en barco desde Italia. En ese viaje, entre sus cosas también traía una botella de vino, que se destapó y mojó algunos libros y papeles. Uno de esos libros era la “Divina Commedia” de Dante Alighieri, con ilustraciones de Gustavo Doré. Sería un vino blanco, porque apenas se notaba en las primeras páginas unas débiles manchas. Me lo mostró y me quedé contemplando los grabados de Doré. Al ver mi interés me lo pidió, lo llevó a su dormitorio y, de regreso me lo entregó con esta dedicatoria: “All’amico Sr. Francesco R. Ventura, con stima ed afetto, p. Feliciano Felice. El Bolsón, 23/8/1962”. Todavía me emociono al recordar ese momento.

Dentro del libro había, en una tarjeta, una foto de un ciclista, autografiada. Era Gino Bartali. Cuando le pregunté al padre Feliciano me dijo que la tuviera como recuerdo porque era el más famoso de los ciclistas italianos.

Pasaron los años y, cada vez que miraba la tarjeta me acordaba de ese momento, pero no se me ocurría averiguar algo sobre ese “famoso” del ciclismo, tal vez porque nunca tuve particular interés por ese deporte. Sin embargo, llegó el momento en que reaccioné, más de cincuenta años después, leyendo un artículo periodístico.

Gino Bartali había sido dos veces el ganador del Tour de Francia (1938 y 1948) y tres veces el Giro de Italia (1936, 1937 y 1947). Su nombre era un emblema para los italianos y por lo tanto Benito Mussolini quería aprovechar su figura. A tal punto que el ciclista, durante la Segunda Guerra Mundial pudo seguir recorriendo las rutas de Italia.

Hasta aquí -más allá de sus espectaculares triunfos- nada nos llama la atención y, el padre Feliciano, como buen italiano, estaba muy orgulloso de él. Sin embargo, había algo oculto que nadie conocía de Bartali y que fue un misterio hasta después de su muerte ocurrida en el 2000.

Durante los años de guerra, el ciclista transportaba en los caños de su bicicleta documentación que salvó a 800 judíos de la muerte de mano de los nazis. Un secreto que llevó a la tumba. Era imposible sospechar. Recién en el 2003 salió a la luz.

¡Gracias padre Feliciano! ¡Cuánto me dejaste para pensar!
No voy a entrar en otros detalles. Tal vez ahora puede entenderse el título de esta nota. Agregá tus comentarios, recuerdos o sugerencias.

(*) Ricardo Ventura. Profesor y Periodista en El Bolsón

Nota: *Juan Carlos Moreno es el autor del libro “Nuestras Malvinas” . Sobre Gino Bartali puede consultarse en esta página  

 

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