La expansión de la inteligencia artificial (IA) enfrenta una resistencia creciente y cada vez más visible en Estados Unidos. Lo que antes era presentado por las grandes empresas tecnológicas como una carrera inevitable por mayor capacidad de cómputo, mejores modelos y nuevos centros de datos, ahora se percibe también como un problema político, energético y social.

Según informó The Wall Street Journal, el rechazo público hacia la IA avanza a un ritmo inusual y se manifiesta en encuestas, protestas vecinales, campañas electorales locales y bloqueos a proyectos de data centers. El periódico estadounidense documentó casos en los que la preocupación sobre la inteligencia artificial dejó de ser un tema exclusivo de expertos, reguladores o trabajadores del sector tecnológico, para instalarse en comunidades que temen asumir sus costos indirectos.
Una escena simbólica abrió esta tendencia: Eric Schmidt, ex CEO de Google, fue abucheado por el público durante una ceremonia de graduación en la Universidad de Arizona mientras hablaba sobre IA. Su discurso, que defendía a la inteligencia artificial como una transformación tecnológica rápida y profunda, fue recibido no como una promesa, sino como una amenaza por parte de una parte de la audiencia.
Los motivos de la resistencia son diversos. Algunos usuarios advierten sobre la presión que la IA ejerce sobre el empleo. Otros se preocupan por su impacto en la educación, la salud mental de los jóvenes o la proliferación de contenidos falsos. Además, un aspecto cada vez más sensible es la infraestructura que demanda la IA, la cual consume enormes cantidades de energía, requiere sistemas de refrigeración y dispara la necesidad de nuevos centros de datos.
El debate ya no se limita al uso de plataformas como ChatGPT o generadores de imágenes. Ahora involucra temas de energía, territorio, tarifas y política local. Esta situación repercute más allá de Estados Unidos, afectando también a países que buscan atraer inversiones en IA, como Argentina, donde OpenAI anunció en 2025 un ambicioso proyecto de centro de datos sobre el cual aún se conocen pocos detalles concretos.
### La resistencia se organiza alrededor de los data centers
Los data centers constituyen la infraestructura física fundamental para la inteligencia artificial. En ellos se alojan servidores, chips especializados, sistemas de almacenamiento, redes de alta velocidad y equipos de refrigeración. En el caso de la IA generativa, estos requerimientos se intensifican, pues los modelos demandan una enorme capacidad de procesamiento tanto para su entrenamiento como para responder millones de consultas diarias.
Este crecimiento explica por qué el debate superó el ámbito tecnológico. La Agencia Internacional de Energía proyecta que el consumo eléctrico global de los centros de datos se duplicará hacia 2030, alcanzando aproximadamente 945 teravatios hora (TWh), con la IA como uno de los principales motores de este aumento. En Estados Unidos, se estima que los data centers representarán casi la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica al 2030.
En este contexto, la oposición vecinal se fortalece. Una encuesta de Gallup publicada en mayo de 2026 reveló que el 71 % de los estadounidenses se opone a la construcción de centros de datos de IA en sus comunidades, cifra que supera incluso la resistencia local a la instalación de plantas nucleares, que alcanzó el 53 % en el mismo estudio.
El Wall Street Journal también consignó que este malestar ha tenido repercusiones electorales y legislativas. En diversas comunidades, se intentó frenar o prohibir nuevos data centers, y en algunos casos, la aprobación de estos proyectos se convirtió en un costo político para funcionarios locales. La oposición combina reclamos por el consumo de energía y agua, temores a subas en las tarifas, críticas por falta de transparencia en los acuerdos y dudas sobre los beneficios reales en materia de empleos permanentes.
El informe del WSJ menciona además episodios extremos, como la denuncia federal contra un joven de Texas acusado de arrojar un cóctel molotov contra la casa de Sam Altman, CEO de OpenAI, además de realizar amenazas en la sede de la compañía en San Francisco. También se cita el caso de un concejal de Indianápolis que, luego de aprobar un data center, recibió disparos en la puerta de su domicilio y mensajes de rechazo hacia estos proyectos.
Este rechazo surge en un momento complicado para la industria. OpenAI, Anthropic, Google, Meta, Amazon, Microsoft y otros actores requieren cada vez más capacidad de cómputo para mantener sus modelos y servicios. Esta demanda implica inversiones multimillonarias, nuevos acuerdos energéticos y una competencia global por chips, terrenos, energía barata y permisos locales.
Para las compañías, la narrativa tradicional de innovación ya no es suficiente para justificar el despliegue. Cuando las comunidades advierten que un data center puede consumir tanta electricidad como una ciudad mediana, la discusión cambia. La pregunta ya no es solo qué puede hacer la inteligencia artificial, sino quién paga la energía, quién recibe los beneficios, cuál es el impacto territorial y qué controles se implementan antes de aprobar obras de gran escala.
### El proyecto de OpenAI en Argentina, aún con pocas precisiones
La controversia que se vive en Estados Unidos tiene su paralelo en Argentina. En octubre de 2025, OpenAI y Sur Energy anunciaron una carta de intención para explorar la construcción de un centro de datos de IA en el país. El proyecto, bautizado como Stargate Argentina, fue presentado por el Gobierno como una iniciativa capaz de posicionar al país a la vanguardia del ecosistema global de inteligencia artificial, con una inversión potencial de hasta 25.000 millones de dólares y una capacidad estimada de hasta 500 megavatios (MW).
OpenAI señaló que Argentina tiene el potencial para albergar el primer proyecto Stargate de América Latina, con Sur Energy como desarrollador energético e infraestructural, y la posibilidad de incorporar un desarrollador en la nube.
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